13 de noviembre de 2022

De hoys y mañanas

Hace un año, una noche mientras me besabas el cuello, me di cuenta que estaba tan ocupada viviendo que había dejado de escribir. A veces, como en ese momento, se me ocurría la frase perfecta para empezar este texto, pero ponerla en papel hubiese sido pausar el momento, por lo que la dejé pasar. Una noche, otra distinta, pensé en la metáfora perfecta para hablar sobre ti; pero por mucho que quise retenerla en mi retina, se desvaneció antes de llegar al papel. 

Qué miedo me da la vida, me digo a veces. Qué miedo no saber si tus sueños y los míos se volverán a encontrar en algún momento. Si tendremos la determinación para hacerlo pasar. Que nuestros caminos se cruzaran no fue una coincidencia, ¿pero será una coincidencia la única que nos pueda volver a encontrar? Hoy te escuchaba al otro lado del teléfono y mi inconsciente me decía que necesitaríamos mucho más que una coincidencia para hacerlo pasar. 

Por primera vez, desde que entré en este sinuoso mundo al que le llaman adultez, mi inconsciente me traiciona y me suma años que aún no he cumplido. A mí, precisamente, que me empeño en asegurar que todavía tengo 22. ¿Qué son estas ganas de adelantar el tiempo? ¿De no estar en el presente? ¿De no reconocerme? 

Hoy escribo esta carta que es más para mí, que para ti. Hoy es uno de esos días en los que no estoy muy segura de quién soy ni de cómo voy a hacer para convertirme en quien quiero ser y llegar a donde quiero estar. Hace muchos años leí un autor catalán que decía que el secreto de la vida era dejar de estar al rebufo de un vagón que te lleva hacia alguna parte sin que tú tengas ningún control. A veces me siento un poco así: avanzando en dirección a ningún lado, porque no sé hacia donde estoy yendo. ¿Aló? Síndrome del impostor, ¿eres tú?

A veces pienso que eres mi piedra angular, mi cable a tierra. A veces ese pensamiento me parece una locura. ¿Cómo saber cuándo es un buen momento para dejar el pasado, en el pasado? ¿Seremos presente? ¿Habrá un futuro? Hoy es el futuro, con sus millones de alternativas, lo que me angustia. "Trágame tierra y escúpeme en el futuro". Un trago de ron y un abrazo al alma, es lo que me hace falta para soltar esas lágrimas atascadas detrás de los párpados, que ni siquiera logro saber a qué se deben. 

Un viaje en el tiempo confuso donde ya no sé en qué línea temporal estoy parada. Pero esto es hoy. Mañana es un nuevo amanecer, y lo único que me debo a mi misma es enfocarme en lo que quiero hacer. Los sueños sí se cumplen, pero hay que trabajar para hacerlos realidad. 

4 de noviembre de 2022

Enjaulada

Me siento atrapada en una jaula donde el suelo esta lleno de pequeñas piezas rotas de cristal y no puedo conseguir la salida. Me sofoco, me descubro claustrofóbica, encerrada en un espacio oscuro y lleno de humedad, donde el frío te cala de a poco hasta los huesos. Me consigo durmiendo demasiado, evitando tareas cotidianas, findiendo la sonrisa solo para encajar en un mundo al que no quiero pertenecer. Qué cochino es el dinero y, a veces, la vida. ¿Por qué tengo que escuchar a este imbécil hablar de cosas que no me interesan y fingir la sonrisa? Esta vez no puedo volver a empacar mi vida en una maleta porque la mochila pesa demasiado para moverse. ¿Dónde queda la esperanza? ¿Dónde está la salida? No me confundan, no estoy deprimida, solo estoy atrapada en una jaula que no me deja respirar, que me da náuseas respirar, donde preferiría no distinguir entre bondad y oscuridad porque todo es mórbido. ¿Por qué es tan difícil reconocer los momentos buenos cuando los estamos viviendo? Fui tan feliz en la ciudad de los dragones y creo que lo sabía, pero no entendía la magnitud de lo que significaba esa felicidad. Era libre, éramos mis maletas y yo para viajar y conocer, para moverme liviana. Me siento como un ave encerrada en una jaula de la que necesito salir, necesito ser libre, necesito viajar sin saber lo que es parar.

28 de agosto de 2022

Día 671

Hoy abrí una caja nueva de cigarros 

otra de tantas que he abierto desde entonces 

y me di cuenta que más nunca volteé el de la suerte, 

porque mi suerte se acabó el día que dejaste de estar conmigo. 

Recuerdo exactamente el olor de la ciudad en el instante que todo acabó

mis interrogantes y la rabia que acompañó al dolor.

Te dije tantas veces que me daba miedo estar contigo por el cigarro 

y desde entonces no he podido dejarlo.


Quizás es lo único que me mantiene conectada a ese momento, 

a nosotros,

a nuestra vida y sus mil futuros, 

a mis esperanzas sobre nosotros, 

al supuesto reencuentro... 

que ya no sé si existen. 


Mi grupo favorito sacó una canción que habla sobre dos personas en un mismo espacio que nunca consiguen coincidir; 

pero nosotros coincidimos 

y quizás no lo volvamos a hacer. 


Quizás habla sobre nosotros, 

quizás habla de la distancia que nos separa, 

yo aquí 

y tu allá. 


Quizás no habla sobre el mar que nos separa o lo difícil que es cuando tu corazón está del otro lado.

Quizás no habla de la advertencia lógica de amar a alguien que tiene planes distintos y cómo la vida (y la ciudad) te va a cambiar.


Pero habla de dos personas que no pueden coincidir,

de un viaje en un solo sentido,

de buscar en otros horizontes algo que ya tienes.


Y al final, 

dejamos de coincidir.


Sabina habla de parar el mundo por ese supuesto encuentro de amor,

y dudo mucho que su supuesto encuentro fuese distinto entre nosotros, 

Hoy,

Ahora. 


A veces me encuentro en conversaciones triviales hablando sobre ti,

sobre nuestras conversaciones 

sobre tu forma de ver el mundo y explicármelo. 


Porque incluso sin estar juntos, estamos juntos.

Porque en esta distancia seguimos estando.

Y qué bonito.


Porque coincidir es todavía más complejo que un simple espacio y tiempo.


Hace unos meses pensé que era arroz de otro trigal,

pero no lo es.

No sé si nunca lo sea.

Y en el fondo,

espero que nunca lo sea.


A veces me encuentro explicando las cosas que aprendí de ti a otra gente:

Tu anticiparte en las escenas,

Tus explicaciones complejas sobre la vida y la muerte,

El valor de tus principios,

Incluso cuando intentaba corromperlos.


Solo quiero que se enfaden las flores y se muera el olvido,

Porque dos personas que se pertenecen con esta fuerza,

No pueden terminar de otra forma 

Que no sea juntos.

15 de septiembre de 2021

No más

No. Es lo que debí haber dicho en el instante que abriste la boca y dijiste no sé que cosa que ahora no puedo olvidar.


No. Es lo que me grito en la mente cada vez que recuerdo tus brazos.


No. Es lo que siempre vamos a ser; un rotundo y roto no, un golpe contra la pared, una ventana cerrada, mi mirada apagada, la luz de un motel clausurado, el corcho del vino que olvidamos en la entrada, esa resaca que deprime, el dolor que no se apaga, un recuerdo olvidado. Nada.


No. Tú y yo, un siempre no.

5 de septiembre de 2021

Todas las canciones me hablan de ti.



Hay una frase que me persigue últimamente: Todas las canciones me hablan de ti. No sé si la leí, la soñé o la sentí, pero lo cierto es que últimamente te llevo tatuado en la piel. Escucho melodías que me han acompañado desde siempre, y te encuentro entre sus líricas. Escucho melodías que he tarareado junto a ti, y encuentro tu sonrisa (sonriéndome). Incluso, cuando escucho canciones por primera vez, un eco me susurra tu nombre. No sé qué está pasando, no sé si lo quiero saber. A veces el corazón me aprieta en el pecho, lo hace cuando está triste pero también cuando no le caben las alegrías entre cada latido. Volví a releer mi libro favorito y me enloquecí por primera vez con la canción maldita. No dejo de tararear su poesía en mi cabeza y la nostalgia de las vidas que no he vivido me recuerda que es imposible saber la fecha de caducidad que tienen las historias. En ocasiones soy más afortunada, y sin tantos juegos de la mente imagino que Sabina habla de nosotros, de la próxima vez que salgamos a comernos la noche. A lo lejos escucho el campanario de una iglesia y la tarde huele a verano, a vida, a ganas de ser y estar contigo. La distancia se siente como una traición del inconsciente, que a veces te arroja entre los rostros reconocibles de mis sueños. ¿Cuánto tiempo dura el futuro? ¿Cuánto tiempo dura la distancia? Soy terca, desde siempre. Esa terquedad, a veces, ha sido mi mayor virtud, pero en otros momentos también ha sido mi mayor defecto. ¿Eres tú parte de mi propia terquedad? Hace pocos días murió una periodista que con sus fotografías nos recordaba la fragilidad de la vida y las ganas de (sobre)vivir. Sus imágenes mostraban la crudeza de la vida escapándose entre sus dedos, pero sus palabras reflejaban su deseo de aferrarse a seguir aquí. Nunca la conocí, pero estoy segura que vivió sus últimos meses rodeada de amor; de la comprensión y apoyo de su pareja, padres, amigos, colegas, y un miles de personas que seguían su batalla a través de sus fotografías y una pantalla. Un muro indetenible de fortaleza. La Vida se empeña en recordarme que tú eres mi calma y mi sosiego, que el abandono no es una posibilidad, que hay sentimientos irremplazables. Hoy me vuelvo a abrazar a mi mochila de emociones confusas, a veces tristes y a veces felices, dejo que algunas de ellas me acaricien las lágrimas y la sonrisa (antes de volverla a guardar para salir a la batalla que es la vida). Hoy no quiero jugar con una cerilla en la estación de gasolina porque ya sé que todo va a arder. Hoy solo quiero que se muera el olvido.

18 de abril de 2021

Verbos


Soltar. Creer. Confiar. Son verbos que sé conjugar perfectamente, pero como cuesta ponerlos en práctica.


Soltar las expectativas y la mochilita emocional sin juzgarme; creer en mis sueños; confiar en mí y mis tiempos.


Está bien sentirnos como una casa en ruinas en medio de un mar al que no le consigues la línea recta del horizonte; de las cenizas también resurgimos.


Está bien dudar, replantearnos el camino, encontrarnos en medio del desastre.


Algunas veces sueño que cumplo mis sueños, otras me pesan como piedras que me impiden avanzar.


Hice las paces con eso, hice las pases con que escribo menos, con que el día tiene una cantidad de horas limitadas y que no siempre puedo construir mi carrera mientras desarrollo mis proyectos personales. Hay tiempo para todo y no todo tiene que ser hoy.


Que si no quiero que la protagonista la palme en la primera línea, tengo que soltar, creer y confiar en mí.


Y aquí vamos.

18 de febrero de 2021

"Turisteemos juntos", me dijiste.

Nos imagino recorriendo Estados Unidos en un coche alquilado, escuchando un playlist a todo volumen, con tu mano en mi pierna y mis lentes de sol. Imagino mi mano acariciando tu pelo largo con tus manos en el volante, mientras conduces en una carretera interminable. Nos imagino como los extraños más enamorados, sin entender cómo llegamos a esto, pero felices de compartir una carretera sinfín. 


Imagino lo que debe ser hacer realidad todas las historias que nos contamos por las noches, tus manos en mi cuello y mis uñas en tu espalda. Me imagino usando mi vestido nuevo, guardando mis bragas en tu bolsillo justo antes de entrar a un cuchitril al lado de la carretera. Imagino que algún día discutimos porque luego de un par de semanas, me quedé dormida y cambié el itinerario. Nos imagino parando en el camino para hacer fotos de los paisajes, para retratar tu risa y nuestras ganas de comernos la vida.


Nos imagino volviendo a la cama, borrachos de risa, libres de tiempo, de nombres y de frío. Libres de todo, menos de la resaca al día siguiente. Hasta que nos volvamos a ver.

14 de febrero de 2021

La pequeña muerte un catorce de febrero.

Hoy me senté en el bar de siempre a tomarme un Aperol. Nunca es muy temprano para uno. El cielo azul anunciaba una mañana helada, y el sol en la terraza se esforzaba por mantener el cuerpo cálido. En la mesa de al frente estaba sentada una muchacha, un poco más joven que yo, con la mirada más triste del mundo. No se esforzó por llamar a la camarera y, finalmente, cuando esta se acercó, pidió un café. 


Me recordó a mí misma, meses antes, sentada en una mesa no lejana a ese mismo bar. Triste, llorando. Sin poder disfrutar mi pedido. Cuando, finalmente, pedí la cuenta, el camarero me preguntó por qué lloraba. "L'amore", le dije, sin ánimos de explicarme en un idioma que apenas comenzaba a escuchar. El corazón roto se ve igual, así no hables el mismo idioma. 


Un rato después llegó un señor mayor. Se sentó a su lado. Me conmovió el corazón el cariño con el que intentaba animarla. Fue entonces cuando la vi retirar la mirada del paseo peatonal que nos distanciaba. Momentos después entendí que la carga de un corazón roto es peor un 14 de febrero, mientras parejas pasan abrazadas en su monopatín. Posiblemente era su padre, sentado a su lado, solo para hacerle compañía. 


Ella había perdido el habla, y la sonrisa. Recordé a mi mamá diciendo que no importa lo mucho que me quiera proteger, no puede hacer nada cuando me rompen el corazón. Creo que su padre sentía lo mismo. Parece que la vida, y las ganas de vivirla, se nos escapan entre los dedos; pero, la verdad, ese dolor y esa tristeza no duran para siempre. 


Mi poeta dice que quien no haya muerto siete veces en vida, es porque no ha vivido nada. Tiene razón, ¿no? El desamor es la pequeña muerte en vida. Pero, cuando estamos enamorados, la amenaza de la muerte parece leve. Y, cuando morimos, es la ilusión de volver a amar lo que nos mantiene con vida hasta que, eventualmente, nos revive. 


Quisiera haberle dicho todo esto a la muchacha. Es muy difícil lanzar un salvavidas a un desconocido, cuando no saben cómo comunicarse. Cuando no se habla el mismo idioma. 

8 de febrero de 2021

Primer aviso

Hace años publiqué un poema que te gustó. Lo borré luego que desapareciste, se sentía como si esas líneas fuesen para ti incluso desde antes de conocerte. Ahora vuelves a mi vida y yo solo quiero escribirte. 

 
Sigo buscando ese poema que borré. Lo busco para ser yo quien te haga estar mojado, y no la lluvia. Para calarte hasta los huesos, como el frío de la nieve. 

Quisiera decirte que me quedé esperando que volvieras, pero no lo hice. Quisiera que me dijeras que saliste a mi encuentro, pero no lo hiciste. Quizás a golpe de cadera podamos olvidar todos los kilómetros que nos separan. 

Tal vez un día me prometas que te tatuaras un secreto de tu piel para la mía. Que viajaremos juntos y me dejarás ser tu musa mientras te escribo poesías. 

Siempre lo hemos sabido, juntos la vida podría salirse de control. Somos el fuego y el alcohol. Besarte nuevamente en la sala de mi piso hasta que lo nuestro se nos vaya de las manos. 
 
Enviarte por correspondencia mi ropa interior, en un sobre, a casa de tus padres. Que tal vez, todos los miedos que nos separan, son los mismos que nos acaban juntando. 

Ojalá tú no me sueñes, ojalá tú me imagines. Que de soñadores está lleno el mundo, pero de locos está vacía mi vida. Primer aviso.

10 de diciembre de 2020

Tormentos

La última noche que pasamos juntos no dejé de abrazarte y por mi cabeza pasaba todo el rato el pensamiento de que sería la última vez. Esta mañana tomé un café y me volví a sentar frente al teclado. ¿Podré alguna vez escribir un libro? Tengo ganas de gritar y tengo miedo a equivocarme, a perderme, a no volver. 

La calle donde vivo está llena de una alfombra naranja de hojas secas. Es un misterio lo bonita que es. Jugamos a ser marido y mujer pero ahora vivo con una desconocida con quien no quiero vivir. Me repito que todo es temporal. Inlcuso nosotros. 

Camino viendo a Venecia a lo lejos. Tengo miedo al futuro. Estoy lejos de todas las personas que me importan y solo me tengo a mí. Ahora sé que nunca caminaremos por estas calles como los extraños más enamorados del mundo, que nunca te tomaré de la mano en el avión ni te mostraré mi forma de viajar -aunque mi forma de comerme el mundo ya la conoces-. 

Me estoy permitiendo ser y sentir. He llorado tanto y he reído tanto, he hecho la compra y me he perdido en un pasillo lleno de promociones sin ningún orden coherente al que aferrarme, me he perdido caminando por una nueva ciudad y es el mejor sentimiento del mundo. 

Tal vez en diez años nada de esto exista y esté bajo el agua y sea el recuerdo de una ciudad que existió y se hundió. Supongo que eso me hace afortunada. Una privilegiada, me digo a mí misma. 

Contruir una vida desde las ruinas de un corazón vacío. Eso es lo que estoy haciendo ahora. Ojalá la soledad me ayude a ser más fuerte. Vivo rodeada de mar, vivo en la isla con los atardeceres más bonitos del universo. Veo el Sol ponerse cada tarde en una laguna de agua salada y teñir el cielo de naranjas y violetas. Las lágrimas son del color del mar y me refugio en canciones que me recuerdan al hogar que perdí. Es como si un torrente de tristeza se hubiera instalado en mis ojos y amenaza con quedarse a vivir; se me atragantan las palabras de tanta ausencia en los ojos. 

Creo que me quedé yo sola con los sueños que pensé que habías compartido conmigo y ahora me doy cuenta que no fue así. La vida frente al abismo. Echo todo de menos. Echo de menos a todo el mundo y me atormenta la incertidumbre de no saber si nunca más volveré a ver a alguien. Porque tuvimos la dicha y la miseria de nacer en un país que nos obliga a dejarlo y cada quien toma un destino diferente. Me atormenta el mar que no puedo sentir en la piel por el frío, la vida cuando corríamos en contra del tiempo y cada día era una día que habíamos ganado para estar juntos. 

7 de diciembre de 2020

Todo va a estar bien

Muchas veces pensé, al escuchar estas líricas, que no quería. Muchas veces pensé que estaba siendo estúpida, ¿por qué no querría? 


No quiero, no quiero, no quiero. No quiero despertar en cinco años y verme encerrado en ti. 


Creo que, siendo honestos, es el miedo que nos hace cuestionarnos constantemente. La verdad es que fuiste tú el que no quiso. Quien abrió los signos de interrogación y puso el punto y final. Pensamientos van y vienen, situaciones van y vienen, personas van y vienen. ¿Cómo no lo voy a saber? Si las estoy viviendo todas al mismo tiempo. 


Hoy tuve que detenerme en medio de la nada porque no podía seguir pedaleando mi bicicleta; me faltaba el aire. Me permití a mí misma darme un descanso, parar y sentarme. Tenemos que ser más gentiles con nosotros mismos. Una amiga me vio, se detuvo y se sentó en el suelo a mi lado. Me cuestioné. Luego ella me recordó que todos tenían dos meses pedaleando por estas calles y, en cambio yo, justo estaba comenzando a hacerlo. 


Somos un montón de desconocidos que dejamos nuestras vidas apartadas para venir a una isla a cumplir una meta compartida. Eso nos tiene que hacer algo más que desconocidos, ¿no?


La noche que le pusiste el punto y final a nuestra historia pensé que esto solo me pasaba a mí. Necesitaba un abrazo, pero me dieron unas palmaditas en la espalda acompañadas de un "todo irá bien". La verdad es que sí, todo va bien. Unas semanas después esa misma persona atravesó la misma situación. Le di un abrazo, le invité un trago y me marché. 


Todas las cosas en la vida tienen un final. Las relaciones no son la excepción. No existe un manual, algunas lo hacen antes de empezar, otras después de un reencuentro, otras ante una inminente separación. Esto es la vida. Momentos amargos que nos recuerdan que la felicidad existe, para que no olvidemos valorarla cuando la tenemos. Para que no te pase por delante y te salude, sin que vayas a por ella. 


Ríe, disfruta, y enamórate todas las veces que puedas.


Que al final, todo estará bien.

5 de diciembre de 2020

De amores, sueños y maletas

Hace algunas noches que al cerrar los ojos se me presenta la sombra de tu recuerdo. No te veo, no estás, no eres. Pero eres tú, en una energía sin rostro ni forma que se siente como tu presencia. Me he dado cuenta que ese muchacho al que conocí, que se quería comer el mundo y la sobraba energía, no fue el mismo que dejé al partir. Una oscuridad se fue posando lentamente en ti. 


Fuimos como la arena en la playa. Luchamos durante meses para acumular nuestra propia montaña de arena, pero se nos escapó entre los dedos. Ya no me reclamo a mi misma por haberme ido; nadie puede sostener la arena eternamente entre sus manos. De aquello que fuimos, ya nunca más seremos. 



Anoche estaba soñando en reencotrarme con alguien. Hacía frío y el viento sonaba como olas que reventaban contra mi ventana. Me dijo, casi como un reclamo, que yo nunca me quedaba quieta en un solo lugar. Le respondí, con la certeza de quien ya ha perdido más de un amor por ese desenfreno constante, que yo nací para ser del mundo, para explorarlo, conocer culturas, aprender idiomas, probar nuevos sabores y no parar. Me sonrió. Me dijo "tú siempre has sido así, si quiero estar contigo, tengo que aprender a moverme entre mares y paísajes". Fue un sueño bonito y dormí feliz. 


Ojalá algún día ser

esa persona por la que cruzarías océanos

solo por quedarte a su lado.


Algún día llegará esa persona que no le tenga miedo a meter su vida en una maleta y empezar, todas las veces que sea necesario, en un nuevo lugar. Mientras sea juntos. 

4 de noviembre de 2020

"Vos ama, que se joda quien le tenga miedo al amor"

"Vos ama, que se joda quien le tenga miedo el amor". Así terminaba hoy una publicación que me he tropezado en Instagram, en una de estas cuentas que te recuerdan un mensaje por cada día del calendario. Hoy también he sentido que era el primer día de mi nueva vida. Luego de varias tormentas y un par de tragedias, por fin he descansado por la noche y he sentido el sol calentar mi piel entre tanta neblina. 


Hace un mes me bajaba de un avión en Barajas... quisiera pensar que fue el primer torbellino de emociones del preludio de esta historia, pero la verdad es que todo se había comenzado a sacudir mucho antes. Sigo diciendo que la vida me ha estado metiendo una goleada, pero al despertar esta mañana he sabido que el partido había acabado y ahora es mi turno para la revancha. 


Hace una semana el suelo sacudió mi mundo como pocas veces había hecho. Lloré en los brazos de una desconocida como nunca había llorado. Desde entonces he estado pensando en escribir esta carta. Horas antes había escuchado "Solo" de Los Mesoneros y se había sentido como si nunca antes la hubiese escuchado. 


A lo mejor, te quedarás sin la razón de estar con alguien. 

Y a lo mejor, me dejarás con la razón de no estar contigo. 

A veces no quiero saber dónde, cuándo ni con quién estás. 

Entiende que yo estaré bien, a mí solo no me va tan mal. 


Horas después, esa melodía fue el preludio del adiós. Los Mesoneros siguen sonando en mi reproductor en modo ininterrumpido desde que abordé ese avión en Maiquetía. Sus letras me han acompañado en esta aventura que es emigrar. He escrito con su compañía de fondo. He caminado con su compañía de fondo. 


Quise saber la razón de por qué te marchaste así.

Te fuiste sin notificación. 

Vi las advertencias y no tuve precaución. 

Debía saber tu intención. 


Hoy monté bicicleta por primera vez en 12 años. Monté biclicleta mientras sonaba Juntos; nuevamente, con su compañía de fondo. Pensé que no podía, pero pude. Llegué a casa agotada luego de recorrer 10 kilómetros con la brisa salada en mi cara. Sí puedo. Siempre puedo, no importa lo que venga después. 


Entonces recuerda: Ama con todo tu corazón. Y manda a la mierda a cualquier cobarde que le tenga miedo al amor. 

3 de noviembre de 2020

Las sonrisas

En estos días me he encontrado sola frente al mar. Parece que solo somos él y yo. Es un lugar inmenso para estar sola. Lloro con desgarro porque quien siente, sufre; quien ama, sufre. Pero he hecho las paces con mi dolor, he aceptado que debo sentirlo y vivirlo en la misma plenitud con la que disfruto y vivo los momentos felices. Alguna vez leí que el dolor es momentáneo, que es mi enemigo y mi aliado. He perdido demasiadas cosas en poco tiempo pero aún así río cuando me consigo un gato tumbado en la pared disfrutando del calor del sol, y le saludo. El corazón es muy grande y se encoge cuando sufre, pero sigue siendo grande y sigue amando. 




Cuando camino sola de regreso a casa me gusta hablar por teléfono. La compañía es agradabe si la conversación lo es. El invierno está llegando y cada día anochece más temprano, pronto estará oscuro cuando regrese a casa y ya no podré disfrutar los atardeceres. Es lo único que me mantiene viva en este momento, esos pequeños momentos que me recuerdan que mañana siempre será otro día y que puedo vivir un día  a la vez. Sin presionarme por el mañana, sin cuestionarme a mí misma cada segundo. 


Algo bueno tenía que venir. 

Esta semana he escrito mucho. He escrito más en cinco días que en el último año. Eso me enorgullece. 

Es un rencuentro con una parte de mí que aprecio mucho y se había ido a dar una vuelta, pero que ahora ha vuelto. 


Venecia está vacía. Es impresionante ver la Plaza San Marcos sin una multitud. Esa es una pequeña victoria: al menos un gol le tenía que meter a la vida. Pero también me genera mucha angustia. Es una señal de alarma ante la incertidumbre del porvenir. Un confinamiento es difícil, pero se necesitan herramientas que no tengo para vivirlo con tanto dolor por dentro. 


Nunca sabré cómo se ven tus ojos frente al mar. Cómo se mueve tu cabello rebelde bajo la brisa marina. No me canso de caminar frente al mar pero me pregunto constantemente si los gatos se cansan de ver el mar. Cada mañana espero un rescate que me aleje del silencio y la soledad y los pensamientos cortantes. A veces llega en forma de mensaje instántaneo con una invitación a cualquier lado. "Sí" es mi nueva palabra favorita.


Los periodos sin abrazos son tan largos que a veces olvido cómo se siente que otra persona roce mi piel. Las personas son más frías y el virus los mantiene al margen. La distancia, las mascarillas. Hoy me he sorprendido al descubrir la hermosa sonrisa de una compañera. Nunca había visto su sonrisa, pero no porque no sonría, si no porque la mascarilla la mantiene oculta. Qué importantes son las sonrisas. 

1 de noviembre de 2020

Carta abierta a mí misma













A veces duele, a veces todo huele a nostalgia y la vida es una página que nos resistimos a pasar. Hay momentos que son como ese libro que no quieres terminar de leer para que no acabe, para que no pase. He vuelto a gritarle a la nostalgia para que deje de doler, pero la muy puta se ha quedado.

Los días me saben a soledad. La otra mañana me he levantado de la cama luego de pasar la noche llorando y mi compañera de piso no me hablaba porque mis sollozos no la dejaron dormir. ¿Por qué tengo que disculparme por llorar? No estoy llorando por gusto. 

Alguien me dijo una vez que cuando se siente un dolor muy grande se puede abrir un pequeño agujero en el corazón. Casi imperceptible. Los médicos no le consiguen explicación. ¿Así de poderoso es el desamor?

Extraño mi cama, que es mía. Extraño mi baño, donde puedo llorar tranquila bajo la regadera. Extraño tomarme mi café en la tasa de Picasso en el sofá de mi casa mientras la luz ilumina el salón. La felicidad no es llegar a esta habitación silente para acostarme en una cama del tamaño de una caja de fósforos y sábanas frías. 

No sé por qué escribo todo esto. No sé por qué lo publico después. Supongo que tengo ganas de hablar con alguien, de contárselo a alguien y no tengo a quien. Nunca sabrías el océano que hay dentro de mí.

Esta ansía de vivir la ciudad del amor no se cura viviéndola, se cura contigo. Este corazón sigue perdido sin saber a donde ir. He perdido personas y he ganado batallas en estos años, la ciudad que me acogió ahora quiere que aprenda a golpes pero yo no quiero aprender así. Qué injusto me resulta todo. 

Lo que más miedo me da de quedarme sola en el mundo es no tener a donde ir ni quién te espere. Ser esa desconocida que no tiene quien la abrace al llegar a casa ni un refugio íntimo para llorar. Quien no tiene a alguien que le mire deseando quedarse a su lado para siempre. 

No sé si teniendo la certeza de conocer el futuro como lo conozco ahora que es presente hubiese tomado la misma decisión. Últimamente todos me preguntan si me arrepiento de estar aquí, y la verdad es que ya no conozco la respuesta. ¿Por qué me subí en ese avión? Sé que Caracas no es una ciudad a la que puedes regresar meses después y conseguir todo en el mismo lugar en el que lo dejaste, pero valía la pena intentarlo. 


Supongo que al final siempre vale la pena intentarlo.

31 de octubre de 2020

Carajo

Guarda tu nombre en mis labios, mi pelo en tu espalda, tu cara en mi almohada; mi risa quebrada, tus ojos cerrados, mis gritos callados, estas ganas que cortan, las gotas que de mis pestañas brotan; quédate el café de la mañana, el viento de abril, la lluvia en mi pelo, la mota en el cenicero, los mil “te quiero”. 


Olvida mis ruinas, mi casa en ruinas, mi cara en ruinas, mi existencia en ruinas, mis grietas, mis dudas, mis rabietas, mis maletas, tu partida; quédate tu miedo, tu duelo, tu vicio, el desquicio de este amor perdido y promiscuo que se regala de a ratos y me escupe en la cara… llorando como si hubiera sido yo la que le hizo daño. 


Acábate de una, no existas a medias, vete, muérete, cállate, ahógate, córtate las piernas, no regreses nunca, no vuelvas, no sonrías cuando no te vea, no aprendas nuevos nombres, no te vayas, no me veas, no llores, no duermas en otra cama, no encuentres la calma, quédate.  

30 de octubre de 2020

La soledad es una ciudad vacía

No me queda mucho en esta realidad impuesta, por no decir que no me queda nada. Después de mucho llorar me obligué a mí misma a recordar que el dolor siempre me ha servido para crear. Y aquí estoy sentada nuevamente frente al teclado transformando mis lágrimas en palabras -de amor-.

Veo el agua salada a diario al salir de mi casa. Estoy en una isla rodeada de agua y no importa hacia dónde camine siempre termino oliendo el mar. Estoy aíslada en una soledad quasi absoluta que me obliga a recorrer los rincones de esta ciudad sin más compañía que mis pasos y mi cámara. 

La calma es absoluta, tropezarse con alguien parece un milagro y, sin embargo, cuando me hablan no entiendo ni media palabra. Respiro. A veces. Solamente cuando dejo de pensar en el futuro y en el pasado, en las decisiones que he tomado y las decisiones que otros han tomado por mí. A veces me cuestiono y me trato con mucha rabia, otras veces me trato con la misma comprensión con la que escucharía a una amiga. Tengo la vida por delante pero me están metiendo una goleada en la portería. 

Últimamente el mar me huele la nostalgia de todo lo que he dejado atrás. La ciudad del amor se siente vacía, triste y sola. Hace mucho frío para caminar por la playa. He vuelto a leer como un refugio contra los recuerdos; al fin y al cabo, las palabras son lo único que siempre me mantuvo cuerda.

Será el invierno más frío de todos los tiempos, pero sobreviviremos. Sobreviviré. Me repito a mi misma que soy valiente, aunque no sepa con qué se come eso. Me repito que puedo salir adelante, porque lo he hecho, he sido testigo.

Estoy empeñada en conquistar cada atardecer, en disfrutar las estrellas y el frío de la misma forma como una vez disfruté el mar. Las hojas seguirán cayendo y, eventualmente, llegará la primavera en una nueva ciudad. Ojalá.

 

Lo que no nos habían dicho de cuando te vas de casa es que la soledad no hace más que aumentar. 




27 de octubre de 2020

Lo único que no

Quiero todas las comas y los puntos, quiero la lluvia y el desastre, mientras sea juntos. Despertar una mañana y que sigas aquí, besarte si me da la gana, romper la cama, comerte la cara, guardarme tu risa, arrancarte las ganas, morirnos a prisa, secarte los daños, quedarme tus años, una planta en la ventana, bailar lento sin decirnos nada, volvernos tormenta, recuperar la calma, regar la planta en la ventana, ver que ha dado flores, sentir el sol en el pelo, que me abraces y digas “te quiero”, construir un fuerte debajo de la mesa, usar la ropa de cobijas, que todos los días me elijas, ser tu risa, guardarme tu risa, comerme tu risa, ver la planta en la ventana, llorar porque está muerta, romper la ventana, cortarnos la risa, ver que ya no hay ganas, secarnos los daños, bailar lento sin decirnos nada, olvidar la calma… volver a empezar.


Quiero todas las comas y los puntos, menos ese terrible que marca el final. 

26 de octubre de 2020

El no-Nueve

Caminar contigo por la calle, unos pasos delante, solo para subirme la falda cuando no venga nadie y veas que me he dejado las bragas en casa. Podría decirte un viernes cualquiera en el balcón que te voy a querer el resto de mis días y luego saltar desde el piso 09.

Contigo he aprendido a vivir la vida con intensidad. A subirle la saturación a mis días. Es gracioso,  contrario a las apuestas de Sesma, realmente no nos vamos a morir a 200 km/h en la autopista porque nunca pasas de 80, pero igual se siente la adrenalina.

Hace un año me cuidabas de mis fantasmas mientras mandaba mi vida por la poceta una medianoche cualquiera. Yo solo espero que los sentimientos que nacieron esa noche sigan tan vigentes como cuando una madrugada borracho malcedías diciendo "Fucking Lucrecia" en tu sofá.

Los días pasan lentos pero con la certeza que las semanas siguen avanzando en el calendario. La distancia es mayor pero el tiempo solo nos acerca. No puede hacer otra cosa. Así es el amor: Una apuesta continua. Creemos que la cerilla no tocará el suelo cuando paremos a llenar el tanque en medio del viaje; creemos que, a pesar del calor, no volaremos por los aires. 

Y no lo haremos.
Te amo. 

12 de octubre de 2020

Ventanas llenas de lágrimas

No puedo respirar; mi cuerpo está flotando pero en mi cabeza estás. Joder, no puedo respirar. A veces me siento una máquina de autodestrucción, para que así, si me vieras feliz no podrías notar la diferencia. Tal vez seas tú quien está celebrando mi funeral cuando todavía no estoy muerta. 


"Si nadie me busca, no estoy perdida"; me digo a mí misma de consuelo. Estoy en medio del oceano gritando auxilio sin que nadie me escuche. Solo las olas, cabronas, que se ríen mientras me ahogan. 


No hables de mí en pasado. 

Joder, para eso mejor no hables de mí. 


Habla de mí en futuro. En presente. 

En somos, en estamos. 

En reecuentros. 

En besos. 


El soundtrack son las canciones de amor que te escribí en la distancia, cuando no sabía el poder que tiene el tiempo. A veces quisiera una promesa a la que aferrarme, un ojalá al que abrazar cuando las ventanas se me llenan de lágrimas, cuando no puedo ni respirar sin gritar. 


Olvídate de mi nombre. Tú no tienes derecho a llamarme por él. Para ti yo soy otra cosa; muchas cosas, pero no soy Lucrecia.


Te espero del otro lado del río, sin saber si hago bien pero sin poder hacer otra cosa. No puedo aparcar el mundo mientras te espero, pero lo intento.

Lo prometo.