6 de septiembre de 2012

No sabe qué es el amor, pero al menos sí sabe lo que no es.

“Si estás, y escoges quedarte, recuerda entonces las cosas que no sabes, sujétalas bien, no las dejes escapar, llegará el día en que puedas saberlas.
Si estás, y sabes cómo amar, recuerda entonces las cosas que das, mantenlas del otro lado, no las hagas regresar, llegará el día en que puedas volver a tenerlas.
Si estás, y piensas marcharte, recuerda entonces las cosas que quieres, mantenlas vivas, no las dejes callar, llegará el día en que las merezcas.”
Se detiene. Un velo ligero y húmedo le cubre repentinamente los ojos. ¿Qué ocurre? ¿Por qué esas palabras penetran y hacen tanto daño? ¿De veras no lo sé?, piensa mirando fijamente aquellas letras que le destrozan el alma, como si se tratase de un antiguo oráculo que acabase de darle las respuestas que tanto había buscado. El amor se haya en aquellas pocas líneas, el amor, tal y como ella lo quiere y como ya no lo tiene. O quizá nunca lo tuvo de ese modo. Porque el amor no es, y no puede ser simplemente afecto. No se trata de costumbre o amabilidad. El amor es locura, es el corazón que late a dos mil por hora, la luz que surge de noche en pleno atardecer, las ganas de despertarse por la mañana sólo para mirar a los ojos a esa persona, para mirarse. El amor es ese grito que ahoga la llama y le hace comprender que es hora de cambiar.
Él. Recuerdos. Millones de recuerdos con él, las cosas que le dice, su rostro, su mirada sincera. Pero no sabemos hablar, no hay comunicación, no estamos hechos el uno para el otro. Una lágrima desciende por su mejilla y cae sobre su pierna desnuda.
Probablemente esa chica, sentada sobre su cama, iluminada solo por la luz de la pantalla no sepa todavía qué es el amor. Pero al menos sí sabe lo que no es. Y así continúa leyendo.
“Y caen las hojas, y parecen soles, y cae la nieve de espuma sobre el mar. Y dos están tan juntos que parecen un final.”
Ese final que le falta y siempre le ha faltado. Ese final que ha buscado como respuesta que no tenía siquiera valor para plantearse ni a sí misma. Ese final que está llegando, y pasa ante sus ojos como los créditos del final de la película. Del mismo modo. Llegó el momento de aceptarlo, de tomar coraje y decirle que sí, ha sido bonito, y aunque los actores salgan de escena, el escenario de la vida sigue abierto y listo para nuevos espectáculos, simplemente te deseo lo mejor, no sabes cuanto lo siento. Porque a la hora de decir adiós a algo que te marcó, a alguien que en un momento determinado fue tu mundo, no te queda de otra que reconocer que fue bonito, pero los sentimientos cambian, desearle suerte a la otra persona, esperar con todas tus fuerzas que te sepa dejar atrás, y lamentar no poder hacer nada para evitar el dolor que aquellas palabras causarán.
Cuando el corazón se decide, cuando encuentra el coraje para cambiar el camino, no se debe esperar ni un segundo más.

3 de septiembre de 2012

Una rosa. Roja no. Blanca.


Buenos días mundo. Niki se despereza. ¿Me haces un regalo hoy? Me gustaría levantarme de la cama y encontrarme una rosa. Roja no. Blanca. Pura. Para escribir en ella como si fuese una página nueva. Una rosa dejada por alguien que piensa en mí y que todavía no conozco. Lo sé, un contrasentido. Pero me haría sonreír. La cogería y la llevaría al instituto. La dejaría apoyada en el pupitre, sin más. Mis amigas se acercarían llenas de curiosidad.

Y yo, todavía sin decir nada, la dejaría allí toda la mañana. Después, a última hora, arrancaría uno a uno los pétalos y, con un rotulador azul, escribiría letra a letra, una sola en cada pétalo, la frase de aquella canción tan bonita: “Entre los obstáculos del corazón hay un principio de alegría que me gustaría merecer…”, y después tiraría los pétalos por la ventana. El viento se los llevaría. Podría ser que alguien los encontrase. Que volviese a ponerlas en orden. Que leyese la frase. Y me viniese a buscar. Él quizá. Ya. Pero ¿quién es él?

Extracto de Perdona si te llamo amor, de Federico Moccia.

7 de agosto de 2012

Sal con una chica que no lee, o con una que lee. Tú decides.

Sal con una chica que no lee, de Charles Warnke

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas a regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tiene significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una vida en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso y extraño para ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares -la vacilación en la respiración- que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislada y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo continuará sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado su maletas y pronunciado un inseguro adiós. 

Tiene claro que en su vida no seré mas que nos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax, los siente en la piel. Será paciente en caso de que hayan pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza. No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias...

Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Kundera; tú en una biblioteca, o parada en la estación de metro, tal vez sentada en la mesa de una esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, la que me haría la vida tan difícil...

La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me haces querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito.

No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.




Sal con una chica que lee, de Rosemary Urquico.


Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si no lo hace. Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo. Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos. ¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas. Sal con una chica que lee porque te lo mereces.

Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

6 de agosto de 2012

Mi amigo Óscar.

Mi amigo Óscar es uno de esos príncipes sin reino que corren por ahí esperando que los beses para transformarles en sapo. Lo entiende todo al revés y por eso me gusta tanto. La gente que piensa que lo entiende todo a derechas hace las cosas a izquierdas, y eso, viniendo de una zurda, lo dice todo. Me mira y se cree que no lo veo. Imagina que me evaporaré si me toca y que, si no lo hace, se va a evaporar él. Me tiene en un pedestal tan alto que no sabe cómo subirse. Piensa que mis labios son las puertas del paraíso, pero no sabe que están envenenados. Yo soy tan cobarde que, por no perderle, no se lo digo.  Finjo que no le veo y que sí, que me voy a evaporar…

Mi amigo Óscar es uno de esos príncipes que harán bien manteniéndose alejados de los cuentos y de las princesas que los habitan. No sabe que es el príncipe azul quien tiene que besar a la bella durmiente para que despierte de su sueño eterno, pero eso es porque Óscar ignora que todos los cuentos son mentiras, aunque no todas las mentiras son cuentos. Los príncipes no son azules y las durmientes aunque sean bellas, nunca despiertan de su sueño. Es el mejor amigo que nunca he tenido y, si algún día me tropiezo con Merlín, le daré las gracias por haberlo cruzado en mi camino.

29 de julio de 2012

Gracias por ser el mejor amigo.

Traté de sonreír y le tendí el paquete. Lo aceptó y lo dejó en su regazo. Me acerqué y me senté junto a ella en silencio. Me tomó la mano y me la apretó con fuerza. Había perdido peso. Se le podían leer las costillas bajo el camisón del hospital. Dos círculos oscuros se dibujaban bajo sus ojos. Sus labios eran dos líneas finas y resecas. Sus ojos color ceniza ya no brillaban. Con manos inseguras abrió el paquete y extrajo el libro del interior. Lo hojeó y alzó la mirada, intrigada.
– Todas las páginas están en blanco…
– De momento –repliqué yo. Tenemos una buena historia que contar, y lo mío son los ladrillos.
Apretó el libro contra su pecho
– ¿Cómo ves a Germán?
– Bien –mentí. Cansado, pero bien.
– Y tú, ¿cómo estás?
– ¿Yo?
– No, yo. ¿Quién va a ser?
– Yo estoy bien.
– Te he echado de menos –dijo.
– Yo también.
Nuestras palabras se quedaron suspendidas en el aire. Durante un largo instante nos miramos en silencio. Vi como la fachada de Marina se iba desmoronando.
– Tienes derecho a odiarme –dijo entonces.
– ¿Odiarte? ¿Por qué iba a odiarte?
– Te mentí –dijo Marina. Cuando viniste a devolverme el reloj de Germán, ya sabía que estaba enferma. Fui egoísta, quise tener un amigo… y creo que nos perdimos en el camino.
Desvié la mirada a la ventana.
– No, no te odio.
Me apretó la mano de nuevo. Marina se incorporó y me abrazó.
– Gracias por ser el mejor amigo que nunca he tenido –susurró a mi oído.

28 de julio de 2012


La estación del funicular de Vallvidrera quedaba a unas pocas calles de la casa de Marina. Con paso firme nos plantamos allí en menos de diez minutos y compramos un par de billetes. Desde el andén, al pie de la montaña, la barriada de Vallvidrera dibujaba un balcón sobre la ciudad. Las casas parecían colgadas de las nubes con hilos invisibles. Nos sentamos al final del vagón y vimos Barcelona desplegarse a nuestros pies mientras el funicular trepaba lentamente.
-Éste debe ser un buen trabajo –dije-. Conductor de funiculares. El ascensorista del cielo.
Marina me miró, escéptica.
-¿Qué tiene de malo lo que he dicho? –pregunte.
-Nada. Si es todo lo que aspiras.
-No sé a lo que aspiro. No todo el mundo tiene las cosas tan claras como tú. Marina Blau, premio Nobel de Literatura y conservadora de la colección de camisones de la familia Borbón.
Marina se puso tan seria que lamenté al instante haber hecho ese comentario.
-El que no sabe adónde va no llega a ninguna parte –dijo fríamente.
Le mostré mi billete.
-Yo sé adónde voy.
Desvió la mirada. Ascendimos en silencio durante un par de minutos. La silueta de mi colegio se alzaba a lo lejos.
-Arquitecto –susurré.
-¿Qué?
-Quiero ser arquitecto. Eso es lo que aspiro. Nunca se lo había dicho a nadie.
Por fin me sonrió. El funicular estaba llegando a la cima de la montaña y traqueteaba como una lavadora vieja.
-Siempre he querido tener mi propia catedral –dijo Marina-. ¿Alguna sugerencia?
-Gótica. Dame un tiempo y yo te la construiré.
El sol golpeó su rostro y sus ojos brillaron, fijos en mí.
-¿Lo prometes? –pregunto, ofreciendo su palma abierta.
Estreché su mano con fuerza.
-Te lo prometo.

8 de julio de 2012

No puedo evitar pensar que si hubiese actuado de manera diferente, esto no se hubiese acabado… pero como he repetido tantas veces, ya es demasiado tarde.


A veces tienes que hacer lo mejor para ti, y cambiar.


Cambié, viví y te perdí.


Y ahora me doy cuenta que fue lo mejor, no cabe duda.

2 de julio de 2012

Marina, C.R.Z.


Marina me dijo una vez que sólo recordamos lo que nunca sucedió. Pasaría una eternidad antes de que yo comprendiese aquellas palabras. Pero más vale que empiece por el principio, que en este caso es el final.

En mayo de 1980 desaparecí del mundo durante una semana. Por espacio de siete días y siete noches, nadie supo de mi paradero. Amigos, compañeros, maestros y hasta la policía se lanzaron a la búsqueda de aquel fugitivo al que algunos creían muerto o perdido por las calles de mala reputación en un rapto de amnesia.

Una semana más tarde, un policía paisano creyó reconocer a aquel muchacho; la descripción encajaba. El sospechoso vagaba por la estación de Francia como un alma perdida en una catedral forjada de hierro y niebla. El agente se me aproximó con aire de novela negra. Me preguntó si mi nombre era Óscar Drai y si era yo el muchacho que había desaparecido sin dejar rastro del internado donde estudiaba. Asentí sin despegar los labios. Recuerdo el reflejo de la bóveda de la estación sobre el cristal de sus gafas.

Nos sentamos en un banco del andén. El policía encendió un cigarrillo con parsimonia. Lo dejó quemar sin llevárselo a los labios. Me dijo que había un montón de gente esperando hacerme muchísimas preguntas para las que me convenía tener buenas respuestas. Asentí de nuevo. Me miró a los ojos, estudiándome. “A veces contar la verdad no es una buena idea, Óscar” me dijo. Me tendió unas monedas y me pidió que llamase a mi tutor en el internado. Así lo hice. El policía aguardó a que hubiese hecho la llamada. Luego me dio dinero para un taxi y me deseó suerte. Le pregunté cómo sabía que no iba a volver a desaparecer. Me observó largamente. “Sólo desaparece la gente que tiene algún sitio adonde ir” contestó sin más. Me acompañó hasta la calle y allí se despidió, sin preguntarme dónde había estado. Le vi alejarse por el Paseo Colón. El humo de su cigarrillo intacto le seguía como un perro fiel.

Aquél día el fantasma de Gaudí esculpía en el cielo de Barcelona nubes imposibles sobre un azul que fundía la mirada. Tomé un taxi hasta el internado, donde supuse que me esperaría el pelotón de fusilamiento.

Durante cuatro semanas maestros y psicólogos escolares me martillearon para que revelara mi secreto. Mentí y ofrecí a cada cual lo que podía oír o lo que podía aceptar. Con el tiempo, todos se esforzaron con fingir que habían olvidado aquel episodio. Yo seguí su ejemplo. Nunca le expliqué a nadie la verdad de lo que había sucedido.

No sabía entonces que el océano del tiempo tarde o temprano nos devuelve los recuerdos que enterramos en él. Quince años más tarde, la memoria de aquel día ha vuelto a mí. He visto a aquel muchacho vagando entre las brumas de la estación de Francia y el nombre de Marina se ha encendido de nuevo como una herida fresca.

Todos tenemos un secreto encerrado bajo llave en el ático del alma. Éste es el mío.