8 de octubre de 2012

Venezuela perdió una batalla, más no la guerra.

     Hace tres meses un hombre empezó una lucha por mi país. Una pelea limpia, sin insultos ni faltas de respeto, una pelea para sacar un país adelante. Mi país. Una tierra hermosa, llena de personas conformistas e ignorantes, de ricos y pobres, de gente llena de odio y corrupción. Personas que hipócritamente aseguran amar a su patria, pero no hacen nada para sacarla adelante, para crecer como país y como ciudadanos del mundo.


     Hace tres meses un hombre fue repartiendo esperanzas a los venezolanos que desde hacía muchos años exigían un cambio. Fue casa por casa, pueblo por pueblo ofreciéndonos esperanzas para un país mejor, un país de todos y de cada uno de nosotros, un país unido y lleno de progresos. Un país que con mucho esfuerzo y dedicación, entre todos iríamos sacando adelante. Con un proyecto prometedor que se comprometía a atacar cada debilidad que poseemos actualmente, para que Venezuela diera lo mejor de sí.


     Muchos nos unimos a esa lucha, muchos jóvenes nos pintamos la cara de esperanza y mano a mano nos esforzamos en poner nuestro granito de arena. Confiamos en este hombre y contribuimos con pequeños detalles que para nosotros marcarían la diferencia.


     Al país completo se le ofrecieron dos alternativas, dos frentes con dos hombres con visiones similares y completamente diferentes de cómo gobernar un país como el nuestro. El primer hombre (nuestro presidente actual y presidente del país desde hace catorce años) ofreció más promesas a nuestro pueblo, las cuales se pueden sumar a la lista de promesas que aún, catorce años después, no se han cumplido. Dio discursos llenos de odio e insultos hacía aquellos que no estaban con él, y lamentablemente nos ofreció más de lo mismo. El segundo hombre es aquél del que hablé al principio de la historia, nos ofreció un camino, nos ofreció progreso, y nos ofreció un libro de promesas y esperanzas que todos esperábamos no se quedaran solo en palabras.


     Ayer fue el día decisivo. Ayer fueron las elecciones presidenciales de Venezuela, en las que se decidiría el futuro presidente de la República por los próximos seis años.


     No me enfrascaré en puntos que se escapan de mis manos. No me interesa ya si realmente hubo fraude o no, si hubo trampa, si invirtieron los resultados, si hay votos desaparecidos, si nos engañaron, si se compraron los votos…. Ya nada de eso importa. El pueblo habló y tomó una decisión.


     El 54% de los venezolanos, eligieron al primer hombre, eligieron democráticamente darle el poder al mismo ciudadano por seis años más, lo cual se convierte en veinte largos años a la cabeza de un país. El otro 47% eligió al segundo hombre, intentaron darle la oportunidad a un nuevo ciudadano de dirigir a su pueblo.


     Yo no voto. Soy menor de edad, pero tengo tres años participando y colaborando con Voto Joven (un movimiento de jóvenes de todo el país que cree que el voto es tu llave, y lucha para tener unas elecciones transparentes), en todo lo que me ha sido posible. No voto, pero yo formo parte de ese 47% que cree en el cambio. Yo formo parte de todos esos jóvenes que reclama su derecho de conocer otro presidente para su país. Estoy sumamente agradecida con todas esas personas que salieron a ejercer su derecho al voto para escoger no solo su futuro, sino también el nuestro, el de esta nueva generación. Hoy me pregunto, ¿qué clase de democracia es tener al mismo mandatario en el poder por más de diez años? El mismo Simón Bolívar (a quien tanto nuestro presidente alaba) lo dijo, no es sano. Los llamo a que reflexionen este punto.


     Hoy los he escuchado quejarse de la otra mitad del país que no piensa igual que tú. He escuchado a los chavistas faltarnos el respeto, igual que han hecho los opositores. Esta mañana leí un comentario que me dejó pensando, decía algo sobre que “a los majunches” los mueve el odio y que es por ello que ahora tendríamos que tragarnos todas nuestras palabras. Por favor, piensen lo que dicen antes de hablar, ¿a los antichavistas nos mueve el odio? ¿Han escuchado los discursos del presidente, llenos de insultos y odio hacía casi la mitad del país, y a veces hacía sus seguidores mismos? ¿Me han visto faltarle el respeto a algún chavista o al mismo Chávez? ¿Si? A mí y a la mayoría de los opositores lo único que nos mueve es el cambio y el deseo de tener una Venezuela mejor. El deseo de conocer otro gobierno para nuestro país y nuestra memoria. Y si alguna vez he maldecido algo, ha sido la decisión que tomaron anoche.


     Yo sí voy a felicitar a todos los venezolanos que ayer votaron por Chávez, porque por si no se dieron cuenta escogieron seguir viviendo con apagones, inseguridad, falta de vías, falta de mantenimiento de las calles y de aseo urbano, expropiaciones y falta de educación realmente igualitaria. Ustedes votaron por esto, por seguir viviendo con miedo. Votaron porque sus madres se trasnochen cada vez que ustedes salen. Votaron por el hampa. Después lloran cuando se meten en sus casas y les roban sus pertenencias, que muchas veces consiguieron con esfuerzo y sudor. Lloran cuando el hampa les quita a algún ser querido, y salen con miedo de que los amenacen con quitarle la vida por algo tan sobrevalorado como un celular, o peor aun, que realmente les quiten la vida por ello. Pueden abstenerse de quejarse y hasta de volver a llorar por la falta de competencia del gobierno.


     Les doy las gracias a esos siete millones setecientos treinta y un mil novecientos setenta y dos (7.731.972) venezolanos por hacer que en nuestro país cada vez hayan más despedidas, y no solo por aquellos que se van del país en busca de una mejor calidad de vida, sino además por todos aquellos que el hampa se llevó a una supuesta mejor vida. Gracias por las lágrimas de nuestras madres y por las nuestras mismas.


     Yo seguiré luchando por un país mejor. Porque yo sí amo Venezuela, y más allá de que apoye a Capriles o a cualquier otro, lo hago con fundamentos. No creo que él sea un mesías, como se han referido a él varias veces de manera despectiva, simplemente él es el primer hombre que después de catorce años nos ofreció una verdadera alternativa con un buen plan de gobierno. Espero que nadie haya votado por él solo por salir del presidente actual, pues debemos aprender de nuestros errores pasados, y eso sería cometer el mismo error que hicieron nuestros padres al elegir este gobierno solo para salir de Caldera, sin analizar a fondo su propuesta. Yo apoyo a Capriles porque después de 14 años nos dio esperanzas, algo que hacía mucho, casi todos los opositores, habíamos perdido. Capriles me hizo imaginarme un país mejor, el país por el que tengo tres años luchando y soñando, y por el que seguiré luchando... Él no nos defraudó, y nosotros a él tampoco. El problema va mucho más allá.


Perdimos una batalla, más no la guerra. Venezuela se despertó triste, silenciosa, porque anoche el hampa volvió a matar. Mató las esperanzas de seis millones trescientos veintisiete mil cuatrocientos veintinueve (6.327.429) venezolanos. Nos pintamos la cara color esperanza, y con lágrimas se me borró. Mataron las esperanzas que teníamos puestas en el ayer, en el 7O, pero no mataron a Venezuela. Mañana será un nuevo día, llegó el momento de que todos mejoremos como venezolanos y dejemos de faltarnos el respeto por no tener la misma ideología política. Vamos Venezuela, en diciembre nos espera otra batalla que es igual de importante (y ahora aun más) de lo que fue esta. Agarren sus gorras tricolor y sigamos adelante. Ya nos enseñaron que hay un camino, que sí existe y sigue ahí, es nuestro turno de recorrerlo.

27 de septiembre de 2012

El dolor de un ser amado fallecido...

"El dolor de un ser amado fallecido"... Creo que ese vacío que te dejan tus seres queridos al irse de la Tierra, al terminar su vida, es infinito. El hecho de que te abandonen, de saber que ya nunca los podrás volver a ver, a sentir, es infinito. A mi edad aun no conozco un dolor comparable a ese, porque no es de esos dolores que con el tiempo van cicatrizando hasta que dejan a doler, no. Son una herida que cada cierto, después de hacerte creer que ya ha cicatrizado por completo, un día cualquier vuelve a sangrar sin previo aviso. Sin previa cita,
Para mí aun es indescriptible el intentar acostumbrarme a la idea de saber que no te volveré a ver.
Te extraño.

24 de septiembre de 2012

Si caigo, cae junto a mí.


Solo te pido algo: si caigo, cae junto a mí. No me dejes sola en esto. Si no quieres caer, solo dilo y sujétame fuerte para que yo no caiga en vano, para que yo no sufra otra vez. Me prometiste que serías el único que no me haría daño, y para mí, esa promesa sigue en pie… espero que no la hayas olvidado.

No, tú no olvidas esa clase de cosas.

17 de septiembre de 2012

Te amo, pero...

Te amo. 

Te amo tanto que me da miedo decírtelo y que te espantes ante la idea de ser amado… y huyas. Te amo tanto que prefiero fingir que todo está bien, que me gustas pero poco, que no pasa nada. Te amo tanto que me da miedo darme cuenta de que tú no a mí y entonces ver que amo a quien nunca me amará. 

Te amo en silencio, en tu cama sin que lo sepas, en tus besos sin que lo notes, en la distancia sin que lo sientas, por las noches sin que lo sueñes, en ti sin mí. 

Hoy te digo que te amo y que no quiero escuchar tu respuesta porque ya sé cual es. Hoy te digo que te amo y me marcho, para no verte partir.

6 de septiembre de 2012

No sabe qué es el amor, pero al menos sí sabe lo que no es.

“Si estás, y escoges quedarte, recuerda entonces las cosas que no sabes, sujétalas bien, no las dejes escapar, llegará el día en que puedas saberlas.
Si estás, y sabes cómo amar, recuerda entonces las cosas que das, mantenlas del otro lado, no las hagas regresar, llegará el día en que puedas volver a tenerlas.
Si estás, y piensas marcharte, recuerda entonces las cosas que quieres, mantenlas vivas, no las dejes callar, llegará el día en que las merezcas.”
Se detiene. Un velo ligero y húmedo le cubre repentinamente los ojos. ¿Qué ocurre? ¿Por qué esas palabras penetran y hacen tanto daño? ¿De veras no lo sé?, piensa mirando fijamente aquellas letras que le destrozan el alma, como si se tratase de un antiguo oráculo que acabase de darle las respuestas que tanto había buscado. El amor se haya en aquellas pocas líneas, el amor, tal y como ella lo quiere y como ya no lo tiene. O quizá nunca lo tuvo de ese modo. Porque el amor no es, y no puede ser simplemente afecto. No se trata de costumbre o amabilidad. El amor es locura, es el corazón que late a dos mil por hora, la luz que surge de noche en pleno atardecer, las ganas de despertarse por la mañana sólo para mirar a los ojos a esa persona, para mirarse. El amor es ese grito que ahoga la llama y le hace comprender que es hora de cambiar.
Él. Recuerdos. Millones de recuerdos con él, las cosas que le dice, su rostro, su mirada sincera. Pero no sabemos hablar, no hay comunicación, no estamos hechos el uno para el otro. Una lágrima desciende por su mejilla y cae sobre su pierna desnuda.
Probablemente esa chica, sentada sobre su cama, iluminada solo por la luz de la pantalla no sepa todavía qué es el amor. Pero al menos sí sabe lo que no es. Y así continúa leyendo.
“Y caen las hojas, y parecen soles, y cae la nieve de espuma sobre el mar. Y dos están tan juntos que parecen un final.”
Ese final que le falta y siempre le ha faltado. Ese final que ha buscado como respuesta que no tenía siquiera valor para plantearse ni a sí misma. Ese final que está llegando, y pasa ante sus ojos como los créditos del final de la película. Del mismo modo. Llegó el momento de aceptarlo, de tomar coraje y decirle que sí, ha sido bonito, y aunque los actores salgan de escena, el escenario de la vida sigue abierto y listo para nuevos espectáculos, simplemente te deseo lo mejor, no sabes cuanto lo siento. Porque a la hora de decir adiós a algo que te marcó, a alguien que en un momento determinado fue tu mundo, no te queda de otra que reconocer que fue bonito, pero los sentimientos cambian, desearle suerte a la otra persona, esperar con todas tus fuerzas que te sepa dejar atrás, y lamentar no poder hacer nada para evitar el dolor que aquellas palabras causarán.
Cuando el corazón se decide, cuando encuentra el coraje para cambiar el camino, no se debe esperar ni un segundo más.

3 de septiembre de 2012

Una rosa. Roja no. Blanca.


Buenos días mundo. Niki se despereza. ¿Me haces un regalo hoy? Me gustaría levantarme de la cama y encontrarme una rosa. Roja no. Blanca. Pura. Para escribir en ella como si fuese una página nueva. Una rosa dejada por alguien que piensa en mí y que todavía no conozco. Lo sé, un contrasentido. Pero me haría sonreír. La cogería y la llevaría al instituto. La dejaría apoyada en el pupitre, sin más. Mis amigas se acercarían llenas de curiosidad.

Y yo, todavía sin decir nada, la dejaría allí toda la mañana. Después, a última hora, arrancaría uno a uno los pétalos y, con un rotulador azul, escribiría letra a letra, una sola en cada pétalo, la frase de aquella canción tan bonita: “Entre los obstáculos del corazón hay un principio de alegría que me gustaría merecer…”, y después tiraría los pétalos por la ventana. El viento se los llevaría. Podría ser que alguien los encontrase. Que volviese a ponerlas en orden. Que leyese la frase. Y me viniese a buscar. Él quizá. Ya. Pero ¿quién es él?

Extracto de Perdona si te llamo amor, de Federico Moccia.

7 de agosto de 2012

Sal con una chica que no lee, o con una que lee. Tú decides.

Sal con una chica que no lee, de Charles Warnke

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas a regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tiene significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una vida en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso y extraño para ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares -la vacilación en la respiración- que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislada y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo continuará sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado su maletas y pronunciado un inseguro adiós. 

Tiene claro que en su vida no seré mas que nos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax, los siente en la piel. Será paciente en caso de que hayan pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza. No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias...

Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Kundera; tú en una biblioteca, o parada en la estación de metro, tal vez sentada en la mesa de una esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, la que me haría la vida tan difícil...

La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me haces querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito.

No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.




Sal con una chica que lee, de Rosemary Urquico.


Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si no lo hace. Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo. Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos. ¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas. Sal con una chica que lee porque te lo mereces.

Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

6 de agosto de 2012

Mi amigo Óscar.

Mi amigo Óscar es uno de esos príncipes sin reino que corren por ahí esperando que los beses para transformarles en sapo. Lo entiende todo al revés y por eso me gusta tanto. La gente que piensa que lo entiende todo a derechas hace las cosas a izquierdas, y eso, viniendo de una zurda, lo dice todo. Me mira y se cree que no lo veo. Imagina que me evaporaré si me toca y que, si no lo hace, se va a evaporar él. Me tiene en un pedestal tan alto que no sabe cómo subirse. Piensa que mis labios son las puertas del paraíso, pero no sabe que están envenenados. Yo soy tan cobarde que, por no perderle, no se lo digo.  Finjo que no le veo y que sí, que me voy a evaporar…

Mi amigo Óscar es uno de esos príncipes que harán bien manteniéndose alejados de los cuentos y de las princesas que los habitan. No sabe que es el príncipe azul quien tiene que besar a la bella durmiente para que despierte de su sueño eterno, pero eso es porque Óscar ignora que todos los cuentos son mentiras, aunque no todas las mentiras son cuentos. Los príncipes no son azules y las durmientes aunque sean bellas, nunca despiertan de su sueño. Es el mejor amigo que nunca he tenido y, si algún día me tropiezo con Merlín, le daré las gracias por haberlo cruzado en mi camino.