7 de agosto de 2012

Sal con una chica que no lee, o con una que lee. Tú decides.

Sal con una chica que no lee, de Charles Warnke

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas a regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tiene significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una vida en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso y extraño para ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares -la vacilación en la respiración- que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislada y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo continuará sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado su maletas y pronunciado un inseguro adiós. 

Tiene claro que en su vida no seré mas que nos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax, los siente en la piel. Será paciente en caso de que hayan pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza. No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias...

Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Kundera; tú en una biblioteca, o parada en la estación de metro, tal vez sentada en la mesa de una esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, la que me haría la vida tan difícil...

La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me haces querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito.

No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.




Sal con una chica que lee, de Rosemary Urquico.


Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si no lo hace. Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo. Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos. ¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas. Sal con una chica que lee porque te lo mereces.

Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

6 de agosto de 2012

Mi amigo Óscar.

Mi amigo Óscar es uno de esos príncipes sin reino que corren por ahí esperando que los beses para transformarles en sapo. Lo entiende todo al revés y por eso me gusta tanto. La gente que piensa que lo entiende todo a derechas hace las cosas a izquierdas, y eso, viniendo de una zurda, lo dice todo. Me mira y se cree que no lo veo. Imagina que me evaporaré si me toca y que, si no lo hace, se va a evaporar él. Me tiene en un pedestal tan alto que no sabe cómo subirse. Piensa que mis labios son las puertas del paraíso, pero no sabe que están envenenados. Yo soy tan cobarde que, por no perderle, no se lo digo.  Finjo que no le veo y que sí, que me voy a evaporar…

Mi amigo Óscar es uno de esos príncipes que harán bien manteniéndose alejados de los cuentos y de las princesas que los habitan. No sabe que es el príncipe azul quien tiene que besar a la bella durmiente para que despierte de su sueño eterno, pero eso es porque Óscar ignora que todos los cuentos son mentiras, aunque no todas las mentiras son cuentos. Los príncipes no son azules y las durmientes aunque sean bellas, nunca despiertan de su sueño. Es el mejor amigo que nunca he tenido y, si algún día me tropiezo con Merlín, le daré las gracias por haberlo cruzado en mi camino.

29 de julio de 2012

Gracias por ser el mejor amigo.

Traté de sonreír y le tendí el paquete. Lo aceptó y lo dejó en su regazo. Me acerqué y me senté junto a ella en silencio. Me tomó la mano y me la apretó con fuerza. Había perdido peso. Se le podían leer las costillas bajo el camisón del hospital. Dos círculos oscuros se dibujaban bajo sus ojos. Sus labios eran dos líneas finas y resecas. Sus ojos color ceniza ya no brillaban. Con manos inseguras abrió el paquete y extrajo el libro del interior. Lo hojeó y alzó la mirada, intrigada.
– Todas las páginas están en blanco…
– De momento –repliqué yo. Tenemos una buena historia que contar, y lo mío son los ladrillos.
Apretó el libro contra su pecho
– ¿Cómo ves a Germán?
– Bien –mentí. Cansado, pero bien.
– Y tú, ¿cómo estás?
– ¿Yo?
– No, yo. ¿Quién va a ser?
– Yo estoy bien.
– Te he echado de menos –dijo.
– Yo también.
Nuestras palabras se quedaron suspendidas en el aire. Durante un largo instante nos miramos en silencio. Vi como la fachada de Marina se iba desmoronando.
– Tienes derecho a odiarme –dijo entonces.
– ¿Odiarte? ¿Por qué iba a odiarte?
– Te mentí –dijo Marina. Cuando viniste a devolverme el reloj de Germán, ya sabía que estaba enferma. Fui egoísta, quise tener un amigo… y creo que nos perdimos en el camino.
Desvié la mirada a la ventana.
– No, no te odio.
Me apretó la mano de nuevo. Marina se incorporó y me abrazó.
– Gracias por ser el mejor amigo que nunca he tenido –susurró a mi oído.

28 de julio de 2012


La estación del funicular de Vallvidrera quedaba a unas pocas calles de la casa de Marina. Con paso firme nos plantamos allí en menos de diez minutos y compramos un par de billetes. Desde el andén, al pie de la montaña, la barriada de Vallvidrera dibujaba un balcón sobre la ciudad. Las casas parecían colgadas de las nubes con hilos invisibles. Nos sentamos al final del vagón y vimos Barcelona desplegarse a nuestros pies mientras el funicular trepaba lentamente.
-Éste debe ser un buen trabajo –dije-. Conductor de funiculares. El ascensorista del cielo.
Marina me miró, escéptica.
-¿Qué tiene de malo lo que he dicho? –pregunte.
-Nada. Si es todo lo que aspiras.
-No sé a lo que aspiro. No todo el mundo tiene las cosas tan claras como tú. Marina Blau, premio Nobel de Literatura y conservadora de la colección de camisones de la familia Borbón.
Marina se puso tan seria que lamenté al instante haber hecho ese comentario.
-El que no sabe adónde va no llega a ninguna parte –dijo fríamente.
Le mostré mi billete.
-Yo sé adónde voy.
Desvió la mirada. Ascendimos en silencio durante un par de minutos. La silueta de mi colegio se alzaba a lo lejos.
-Arquitecto –susurré.
-¿Qué?
-Quiero ser arquitecto. Eso es lo que aspiro. Nunca se lo había dicho a nadie.
Por fin me sonrió. El funicular estaba llegando a la cima de la montaña y traqueteaba como una lavadora vieja.
-Siempre he querido tener mi propia catedral –dijo Marina-. ¿Alguna sugerencia?
-Gótica. Dame un tiempo y yo te la construiré.
El sol golpeó su rostro y sus ojos brillaron, fijos en mí.
-¿Lo prometes? –pregunto, ofreciendo su palma abierta.
Estreché su mano con fuerza.
-Te lo prometo.

8 de julio de 2012

No puedo evitar pensar que si hubiese actuado de manera diferente, esto no se hubiese acabado… pero como he repetido tantas veces, ya es demasiado tarde.


A veces tienes que hacer lo mejor para ti, y cambiar.


Cambié, viví y te perdí.


Y ahora me doy cuenta que fue lo mejor, no cabe duda.

2 de julio de 2012

Marina, C.R.Z.


Marina me dijo una vez que sólo recordamos lo que nunca sucedió. Pasaría una eternidad antes de que yo comprendiese aquellas palabras. Pero más vale que empiece por el principio, que en este caso es el final.

En mayo de 1980 desaparecí del mundo durante una semana. Por espacio de siete días y siete noches, nadie supo de mi paradero. Amigos, compañeros, maestros y hasta la policía se lanzaron a la búsqueda de aquel fugitivo al que algunos creían muerto o perdido por las calles de mala reputación en un rapto de amnesia.

Una semana más tarde, un policía paisano creyó reconocer a aquel muchacho; la descripción encajaba. El sospechoso vagaba por la estación de Francia como un alma perdida en una catedral forjada de hierro y niebla. El agente se me aproximó con aire de novela negra. Me preguntó si mi nombre era Óscar Drai y si era yo el muchacho que había desaparecido sin dejar rastro del internado donde estudiaba. Asentí sin despegar los labios. Recuerdo el reflejo de la bóveda de la estación sobre el cristal de sus gafas.

Nos sentamos en un banco del andén. El policía encendió un cigarrillo con parsimonia. Lo dejó quemar sin llevárselo a los labios. Me dijo que había un montón de gente esperando hacerme muchísimas preguntas para las que me convenía tener buenas respuestas. Asentí de nuevo. Me miró a los ojos, estudiándome. “A veces contar la verdad no es una buena idea, Óscar” me dijo. Me tendió unas monedas y me pidió que llamase a mi tutor en el internado. Así lo hice. El policía aguardó a que hubiese hecho la llamada. Luego me dio dinero para un taxi y me deseó suerte. Le pregunté cómo sabía que no iba a volver a desaparecer. Me observó largamente. “Sólo desaparece la gente que tiene algún sitio adonde ir” contestó sin más. Me acompañó hasta la calle y allí se despidió, sin preguntarme dónde había estado. Le vi alejarse por el Paseo Colón. El humo de su cigarrillo intacto le seguía como un perro fiel.

Aquél día el fantasma de Gaudí esculpía en el cielo de Barcelona nubes imposibles sobre un azul que fundía la mirada. Tomé un taxi hasta el internado, donde supuse que me esperaría el pelotón de fusilamiento.

Durante cuatro semanas maestros y psicólogos escolares me martillearon para que revelara mi secreto. Mentí y ofrecí a cada cual lo que podía oír o lo que podía aceptar. Con el tiempo, todos se esforzaron con fingir que habían olvidado aquel episodio. Yo seguí su ejemplo. Nunca le expliqué a nadie la verdad de lo que había sucedido.

No sabía entonces que el océano del tiempo tarde o temprano nos devuelve los recuerdos que enterramos en él. Quince años más tarde, la memoria de aquel día ha vuelto a mí. He visto a aquel muchacho vagando entre las brumas de la estación de Francia y el nombre de Marina se ha encendido de nuevo como una herida fresca.

Todos tenemos un secreto encerrado bajo llave en el ático del alma. Éste es el mío.

20 de junio de 2012

media verdad o media mentira

“No puedo vivir sin ti”, “no puedo continuar sin ti”. 


Son esa clase de afirmaciones que no sé si las debemos clasificar como medias mentiras, o medias verdades. Claro que puedes hacerlo, eres totalmente capaz, pero ¿quieres hacerlo? No.


He allí la diferencia, no es que no puedas, es que no quierasAllí radica el problema, en que aun cuando puedes continuar sin esa persona, eres tan imbécil que no quieres hacerlo por el simple hecho que a su lado todo es más fácil, a su lado descubres que la felicidad no es una utopía, a su lado tu vida se hace más agradable, a su lado tus problemas desaparecen, a su lado tu día a día resulta más llevadero. 


No quieres hacerlo, a tal punto, que te resulta casi imposible, y entonces ya no puedes.


¿Es cierto o no que no pueden vivir sin esa persona? Puede que simplemente su deseo es tan grande que llegan al punto de morir si no se cumple.

16 de junio de 2012

Estúpido tú, o estúpida yo.


Decidimos separarnos para no hacernos más daño, y ahora nos juntamos para lastimarnos un poco más, un poco menos... Sabía que me haría daño estar contigo una vez más, pero soy débil y siempre caigo en tu juego. Estabas ahí parado, tan inocente, como si realmente me necesitaras… y como siempre te creí y dejé que hicieras conmigo lo que te diera la gana.
Estúpido, estúpido y mil veces estúpido. ¿O estúpida yo? O quizás eres demasiado inteligente y egoísta… Sí, es eso. Egoísta. Como siempre tú solo pensando en ti, ¿y yo qué? Que cada vez que te veo haces y deshaces conmigo lo que mejor te provoca, y me dejas a mí sola con más recuerdos que me torturan, o que me hacen necesitarte, o necesitar lo que queda de lo que eras.
Soy tan masoquista que prefiero pensarte un rato, que dejarte ir y olvidarte. Y es que te conozco como a la palma de mi mano, así como tú me conoces a mí…. Marcaste una etapa de mi vida, y esa etapa se llama “me enamoré como una pendeja mientras él estaba enamorado de otra”.
Lo irónico es que no duele, es que hace mucho que te pienso y sonrío de amargura. Hace mucho que me acostumbré a no tenerte y hacerte mío, de que me tengas y no sea tuya. Soy tan estúpida que prefiero eso, a no tener absolutamente nada de ti.
¡Maldita sea! ¡Te lo dije! Si te dejaba hacer lo que te diera la gana conmigo, desenterrarías todos esos sentimientos que tanto me costó dejar atrás... y aquí estoy de nuevo yo, llena de sentimientos por ti, y a ti te da igual otra vez.
Algún día dejaré de ser tan estúpida y aprenderé a ser más fuerte, y ese día llorarás. Ambos lo sabemos, yo también lloraré, es nuestro destino.
Algunos me dicen que algún día terminaremos juntos, pero no va a pasar. Tú y yo no nacimos para estar juntos, nacimos para amarnos de maneras distintas, sin correspondernos, nacimos para nunca jamás ser en cuerpo y alma del otro al mismo tiempo. Nacimos para esto, esta es nuestra historia.
Y me gusta, así nomás, porque me gustas tú. Lo que sea contigo, así sea nada, pero que sea contigo.