"El dolor de un ser amado fallecido"... Creo que ese vacío que te dejan tus seres queridos al irse de la Tierra, al terminar su vida, es infinito. El hecho de que te abandonen, de saber que ya nunca los podrás volver a ver, a sentir, es infinito. A mi edad aun no conozco un dolor comparable a ese, porque no es de esos dolores que con el tiempo van cicatrizando hasta que dejan a doler, no. Son una herida que cada cierto, después de hacerte creer que ya ha cicatrizado por completo, un día cualquier vuelve a sangrar sin previo aviso. Sin previa cita,
Para mí aun es indescriptible el intentar acostumbrarme a la idea de saber que no te volveré a ver.
Te extraño.
27 de septiembre de 2012
24 de septiembre de 2012
Si caigo, cae junto a mí.
Solo te pido algo: si caigo, cae junto a mí. No me dejes
sola en esto. Si no quieres caer, solo dilo y sujétame fuerte para que yo no
caiga en vano, para que yo no sufra otra vez. Me prometiste que serías el único
que no me haría daño, y para mí, esa promesa sigue en pie…
espero que no la hayas olvidado.
No, tú no olvidas esa clase de cosas.
17 de septiembre de 2012
Te amo, pero...
Te amo.
Te amo tanto que me da miedo decírtelo y que te
espantes ante la idea de ser amado… y huyas. Te amo tanto que prefiero
fingir que todo está bien, que me gustas pero poco, que no pasa nada. Te
amo tanto que me da miedo darme cuenta de que tú no a mí y entonces ver
que amo a quien nunca me amará.
Te amo en silencio, en tu cama sin que
lo sepas, en tus besos sin que lo notes, en la distancia sin que lo
sientas, por las noches sin que lo sueñes, en ti sin mí.
Hoy te digo que
te amo y que no quiero escuchar tu respuesta porque ya sé cual es. Hoy
te digo que te amo y me marcho, para no verte partir.
6 de septiembre de 2012
No sabe qué es el amor, pero al menos sí sabe lo que no es.
“Si estás, y escoges quedarte, recuerda entonces las
cosas que no sabes, sujétalas bien, no las dejes escapar, llegará el día en que
puedas saberlas.
Si estás, y sabes cómo amar, recuerda entonces las
cosas que das, mantenlas del otro lado, no las hagas regresar, llegará el día
en que puedas volver a tenerlas.
Si estás, y piensas marcharte, recuerda entonces las
cosas que quieres, mantenlas vivas, no las dejes callar, llegará el día en que
las merezcas.”
Se detiene. Un
velo ligero y húmedo le cubre repentinamente los ojos. ¿Qué ocurre? ¿Por qué
esas palabras penetran y hacen tanto daño? ¿De veras no lo sé?, piensa mirando
fijamente aquellas letras que le destrozan el alma, como si se tratase de un
antiguo oráculo que acabase de darle las respuestas que tanto había buscado. El
amor se haya en aquellas pocas líneas, el amor, tal y como ella lo quiere y
como ya no lo tiene. O quizá nunca lo tuvo de ese modo. Porque el amor no es, y
no puede ser simplemente afecto. No se trata de costumbre o amabilidad. El amor
es locura, es el corazón que late a dos mil por hora, la luz que surge de noche
en pleno atardecer, las ganas de despertarse por la mañana sólo para mirar a
los ojos a esa persona, para mirarse. El amor es ese grito que ahoga la llama y
le hace comprender que es hora de cambiar.
Él. Recuerdos.
Millones de recuerdos con él, las cosas que le dice, su rostro, su mirada sincera.
Pero no sabemos hablar, no hay comunicación, no estamos hechos el uno para el
otro. Una lágrima desciende por su mejilla y cae sobre su pierna desnuda.
Probablemente esa
chica, sentada sobre su cama, iluminada solo por la luz de la pantalla no sepa
todavía qué es el amor. Pero al menos sí sabe lo que no es. Y así continúa
leyendo.
“Y caen las hojas, y parecen soles, y cae la nieve de
espuma sobre el mar. Y dos están tan juntos que parecen un final.”
Ese final que le
falta y siempre le ha faltado. Ese final que ha buscado como respuesta que no
tenía siquiera valor para plantearse ni a sí misma. Ese final que está
llegando, y pasa ante sus ojos como los créditos del final de la película. Del
mismo modo. Llegó el momento de aceptarlo, de tomar coraje y decirle que sí, ha
sido bonito, y aunque los actores salgan de escena, el escenario de la vida
sigue abierto y listo para nuevos espectáculos, simplemente te deseo lo mejor,
no sabes cuanto lo siento. Porque a la hora de decir adiós a algo que te marcó,
a alguien que en un momento determinado fue tu mundo, no te queda de otra que
reconocer que fue bonito, pero los sentimientos cambian, desearle suerte a la
otra persona, esperar con todas tus fuerzas que te sepa dejar atrás, y lamentar
no poder hacer nada para evitar el dolor que aquellas palabras causarán.
Cuando el corazón
se decide, cuando encuentra el coraje para cambiar el camino, no se debe
esperar ni un segundo más.
3 de septiembre de 2012
Una rosa. Roja no. Blanca.
Buenos días mundo. Niki se despereza. ¿Me haces un regalo
hoy? Me gustaría levantarme de la cama y encontrarme una rosa. Roja no. Blanca.
Pura. Para escribir en ella como si fuese una página nueva. Una rosa dejada por
alguien que piensa en mí y que todavía no conozco. Lo sé, un contrasentido. Pero
me haría sonreír. La cogería y la llevaría al instituto. La dejaría apoyada en
el pupitre, sin más. Mis amigas se acercarían llenas de curiosidad.
Y yo, todavía sin decir nada, la dejaría allí toda la
mañana. Después, a última hora, arrancaría uno a uno los pétalos y, con un
rotulador azul, escribiría letra a letra, una sola en cada pétalo, la frase de
aquella canción tan bonita: “Entre los obstáculos del corazón hay un principio
de alegría que me gustaría merecer…”, y después tiraría los pétalos por la
ventana. El viento se los llevaría. Podría ser que alguien los encontrase. Que volviese
a ponerlas en orden. Que leyese la frase. Y me viniese a buscar. Él quizá. Ya. Pero
¿quién es él?
Extracto de Perdona si te llamo amor, de Federico Moccia.
7 de agosto de 2012
Sal con una chica que no lee, o con una que lee. Tú decides.
Sal con una chica que no lee, de Charles Warnke.
Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.
Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.
Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas a regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tiene significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.
Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe
de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los
agudos picos del clímax, los siente en la piel. Será paciente en caso de que
hayan pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo,
la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda
en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de
tristeza. No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar
historias...
No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.
Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.
Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.
Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.
Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami.
Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé
consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para
parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.
Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo. Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos. ¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.
Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y
cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su
pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas
durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los
protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre
lo son.
Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas. Sal con una chica que lee porque te lo mereces.
Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.
Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la
fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del
sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde
la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca
incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con
trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe
para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan
dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la
lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como
has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco
significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego
de hacerle el amor. Tíratela.
Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.
Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.
Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas a regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tiene significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.
Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor
que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es
mejor que una vida en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un
vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un
vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una
alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso y extraño para ti. Una chica
que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y
desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada
por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que
hace de mi sofística vacía un truco barato.
Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La
literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos
esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde,
que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha
leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares -la
vacilación en la respiración- que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la
diferencia entre un episodio de rabia aislada y los hábitos a los que se aferra
alguien cuyo amargo cinismo continuará sin razón y sin propósito, después de
que ella haya empacado su maletas y pronunciado un inseguro adiós.
Tiene claro que en su vida no seré mas que nos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.
Tiene claro que en su vida no seré mas que nos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.
Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe
de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los
agudos picos del clímax, los siente en la piel. Será paciente en caso de que
hayan pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo,
la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda
en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de
tristeza. No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar
historias...
Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Kundera; tú en una
biblioteca, o parada en la estación de metro, tal vez sentada en la mesa de una
esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, la que me haría
la vida tan difícil...
La lectora se ha convertido en una espectadora más de su
vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia
es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son
coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me haces querer ser todo
lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como
corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al
comienzo de este escrito.
No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.
Sal con una chica que lee, de Rosemary Urquico.
Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.
Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.
Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.
Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami.
Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé
consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para
parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.
Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su
cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien
sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y
hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es
consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras
va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si no lo hace. Por lo menos tiene que intentarlo.
Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo. Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos. ¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.
Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y
cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su
pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas
durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los
protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre
lo son.
Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en
medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta
casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.
Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas. Sal con una chica que lee porque te lo mereces.
Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.
6 de agosto de 2012
Mi amigo Óscar.
Mi amigo Óscar es uno
de esos príncipes sin reino que corren por ahí esperando que los beses para
transformarles en sapo. Lo entiende todo al revés y por eso me gusta tanto. La
gente que piensa que lo entiende todo a derechas hace las cosas a izquierdas, y
eso, viniendo de una zurda, lo dice todo. Me mira y se cree que no lo veo.
Imagina que me evaporaré si me toca y que, si no lo hace, se va a evaporar él.
Me tiene en un pedestal tan alto que no sabe cómo subirse. Piensa que mis
labios son las puertas del paraíso, pero no sabe que están envenenados. Yo soy
tan cobarde que, por no perderle, no se lo digo. Finjo que no le veo y que sí, que me voy a
evaporar…
Mi amigo Óscar es uno
de esos príncipes que harán bien manteniéndose alejados de los cuentos y de las
princesas que los habitan. No sabe que es el príncipe azul quien tiene que
besar a la bella durmiente para que despierte de su sueño eterno, pero eso es
porque Óscar ignora que todos los cuentos son mentiras, aunque no todas las
mentiras son cuentos. Los príncipes no son azules y las durmientes aunque sean
bellas, nunca despiertan de su sueño. Es el mejor amigo que nunca he tenido y,
si algún día me tropiezo con Merlín, le daré las gracias por haberlo cruzado en
mi camino.
29 de julio de 2012
Gracias por ser el mejor amigo.
Traté de sonreír y
le tendí el paquete. Lo aceptó y lo dejó en su regazo. Me acerqué y me senté
junto a ella en silencio. Me tomó la mano y me la apretó con fuerza. Había
perdido peso. Se le podían leer las costillas bajo el camisón del hospital. Dos
círculos oscuros se dibujaban bajo sus ojos. Sus labios eran dos líneas finas y
resecas. Sus ojos color ceniza ya no brillaban. Con manos inseguras abrió el
paquete y extrajo el libro del interior. Lo hojeó y alzó la mirada, intrigada.
– Todas las páginas
están en blanco…
– De momento
–repliqué yo–. Tenemos una buena historia que contar, y lo mío son los
ladrillos.
Apretó el libro
contra su pecho
– ¿Cómo ves a
Germán?
– Bien –mentí–.
Cansado, pero bien.
– Y tú, ¿cómo estás?
– ¿Yo?
– No, yo. ¿Quién va
a ser?
– Yo estoy bien.
– Te he echado de
menos –dijo.
– Yo también.
Nuestras palabras
se quedaron suspendidas en el aire. Durante un largo instante nos miramos en
silencio. Vi como la fachada de Marina se iba desmoronando.
– Tienes derecho a
odiarme –dijo entonces.
– ¿Odiarte? ¿Por qué
iba a odiarte?
– Te mentí –dijo
Marina–. Cuando viniste a devolverme el reloj de Germán, ya sabía que estaba
enferma. Fui egoísta, quise tener un amigo… y creo que nos perdimos en el
camino.
Desvié la mirada a
la ventana.
– No, no te odio.
Me apretó la mano
de nuevo. Marina se incorporó y me abrazó.
– Gracias por ser el
mejor amigo que nunca he tenido –susurró a mi oído.
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