27 de enero de 2016

No te vayas nunca.

Dicen que no busques a la persona perfecta sino a la que es perfecta contigo. 

Yo no soy perfecta contigo ni sin ti. 


Estoy hecha de defectos: tengo el pelo enredado por tanto viento, los recuerdos rotos, el corazón descompuesto, soy autodestructiva y tengo miedo.


Miedo de que un día te des cuenta que no soy ni la mitad de perfecta de lo que me piensas, que no soy la mitad de bonita de lo que tú crees, que hago daño y corto, que te voy a jalar a mi abismo de destrucción en donde voy a poner una carpa blanca con velas para dos y te voy a cantar canciones bonitas al calor de una fogata, y lo voy a decorar con flores y me voy a poner el mejor vestido, para que nunca te vayas de mi abismo porque a nadie quiero más conmigo en esta condena que a ti, porque a tu lado el peor de los infiernos se vuelve el paraíso en el que quiero vivir cien años.

19 de enero de 2016

A mis 21.

Es difícil, más difícil de lo que pensaste, la vida te cae a cachos como pared de edificio en medio de un terremoto, como ola a mitad del mar, como la vida solo sabe hacerlo. 

Es complicado no saber qué sentir, qué pensar, qué ser. Nadie te da un guión para tus días, las sonrisas no se compran en la tienda a la vuelta de la esquina. Es así, no sabes qué hacer. 

Cuando piensas que el camino ha terminado ves que falta aún un tramo. Nunca encuentras lo que buscas, jamás llegas al destino. 

Hoy puedo decir que no sé nada, no soy nada, no tengo nada. Hoy soy más de lo que jamás hubiese pensado.

Feliz cumpleaños, a mí.

22 de diciembre de 2015

Sin ti.


Sin cobijas me levanto de esta cama vacía, el sol lo ilumina todo en este cuarto y yo me harto de no tenerte a mi lado. Desayuno un poco, preferiría tus besos. Leo un libro, miro el cielo, sin tus ojos sobra el tiempo. Termina el día, el mismo cuarto en el que no estás. Pero no te extraño. 

18 de diciembre de 2015

Si te vas a ir.

Te abrazo con las piernas porque no quiero que te vayas, respiro entre tus sonrisas mientras ahogo el llanto para no gritar. Te conozco tan bien, que sé que pronto te vas a marchar y no puedo hacer nada, ni quiero intentar.  

Si te vas no quiero que te quedes. ¡No llegues a mi vida nunca! 

Llévate contigo el recuerdo, los besos, los brazos, las risas, los llantos, los versos y a ti; llévatelo todo porque no te quiero aquí, haciéndome sufrir. 

Si te vas a ir vete desde antes de llegar, porque si no lo haces, no sé cómo dejarte de amar.

12 de diciembre de 2015

Un minuto de silencio por la humanidad.

Tiene un par de ojos llenos de sol, que miran todo como si fuese la primera vez. Despierta y saluda a la vida, la respeta. Respira el aire transparente, como su ser. Cuando llueve no se esconde, no tiene miedos; si hace frío no se queja, simplemente es uno con el mundo. 

Su corazón late, como el tuyo, como el mío; siente y sufre, disfruta, duerme, come, se cae, se levanta y pese a su naturaleza salvaje, a veces no se puede defender. 

¿Y qué hace el hombre? Le quita su hogar, destruye su entorno, lo mata a golpes, lo devora vivo, le quita la piel, lo explota, lo mutila… ¿Quién es el animal ahora?
Mi conclusión: Hace mucho que se extinguió la humanidad.

4 de diciembre de 2015

La chica del paraguas azul.

Si tuviera que narrar una historia, comenzaría por describir la noche lluviosa en que ella decidió caminar por la calle, su paraguas azul y la luz que se encuentra al fondo del callejón saliendo sin recato alguno de un pequeño y roto faro, protegiendo a la joven de la obscuridad y provocando que las gotas que caen luzcan como chispas de fuego que se apagan al llegar al suelo. También mencionaría el ruido metálico resultante de la tapa de un bote de basura que ha golpeado el suelo tras haber sido derribada por un gato que salió corriendo al verme. 

La joven no ha notado nada de esto, ella sigue caminando lentamente bajo la lluvia, reproduciendo en su mente esa melodía que escuchan sólo los que aman, que da ritmo a los pasos y a la respiración, que colorea el aire y se lleva los temores.
Pero hoy no tengo que narrar ninguna historia, así que ustedes no sabrán nada de la joven, pues nunca tendré que describir su caminata bajo de la lluvia.

30 de noviembre de 2015

Soy.

Soy más feliz que nunca aunque te duela, ya no te necesito aunque no te importe, aprendí a volar como siempre quise y no necesité tus alas para hacerlo. Gracias por irte. Comienzo por escribir de ti porque siempre planeé hacerlo pero esos tres renglones son simplemente el fin de tu cuento.
Soy más feliz que nunca, soy más feliz que nadie, soy mi mundo, soy mis risas, soy el aire que respira el viento, el fuego que incendia al sol, la estrella que decora a la luna, soy. Puedo predecir mi futuro porque yo lo hago, doy besos cuando quiero porque tengo labios, provoco sonrisas y a veces hasta bailo. 
No me siento la más sabia ni lo pretendo, las cosas sencillas me engrandecen, guardo recuerdos y los baño de anhelos, sueño más y duermo menos.
Soy más feliz que siempre.

27 de noviembre de 2015

El día que me volví agua.

El silencio me hizo olvidar el momento en que caí; no sentía frío, no había nada, sólo agua; y por unos instantes me volví uno con ella. Libre, tranquilo, quieto… Esta es la historia del día en que me convertí en agua.
Mi madre dice que nací nadando, y es que lloré tanto que parecía que había inundado la pequeña habitación del hospital. Por más ilógica que pareciera esta historia siempre me gustó la idea de imaginar mi nacimiento como un pez que por fin es depositado en su pecera.
Podrán imaginarse cómo fue mi infancia, pasaba más horas en la ducha que durmiendo, a veces salía a jugar con los demás niños sólo para llenarme de tierra y que así mi madre me obligara a tomar un baño. Las vacaciones de verano en la playa eran mis favoritas; desde que salía el sol hasta que aparecía la luna yo estaba entre las olas jugando a ser pez, nadando, hundiéndome en libertad, volviéndome uno con el mar, formando parte de su inmensidad, haciéndome omnipresente. Dentro del agua me sentía feliz. Y así pasaron los años, nadando, jugando, riendo… viviendo. 
A mis 22 años, la casa del lago seguía siendo mi lugar preferido en todo el mundo, y ese día no fue la excepción. Estando en la lancha con mis amigos parecía que todo era perfecto. Supongo que fue tanta mi alegría que se me subió a la cabeza hasta que me fui de lado, y caí. El agua me abrazó como siempre, me dio la bienvenida, me protegió de todo; hasta de ser visto por mis amigos que no notaron mi ausencia sino unos minutos después, unos kilómetros después, unos gritos después. Dieron vuelta y regresaron a buscarme, se sumergieron tratando de encontrarme, seguidos por los rescatistas al caer la noche, seguidos por la mañana y la desesperación, seguidos por una nota a las cuatro de la mañana en la televisión en la que narraban el día en que me convertí en agua.
Después estaban todos reunidos, muy formales, como en una fiesta; se abrazaban con tanta fuerza que se quedaban sin aire. Había música y hasta flores; pero no era una fiesta. Y yo desde esa caja cerrada me preguntaba si ellos lloraban porque querían que yo nadara como aquel día en que nací; tal vez sólo estaban intentando llenar mi pecera para que yo pudiera volver a jugar a ser pez.
El día que me volví agua, fue el ultimo de mi vida. Caí al lago y mi cuerpo apareció cuatro días después en la orilla, pero ese cuerpo estaba vacío, yo me quedé en el lago, nadando, jugando, sintiéndome niño otra vez; sin miedo, sin frío, sin nada. 
Mi madre dice que nací nadando, y es que lloré tanto que parecía que había inundado la pequeña habitación del hospital. Al parecer hoy ustedes están intentando llenar mi pecera, y no sé cómo decirles, no sé cómo hacerles saber, que ya no necesito agua, pues ahora puedo volar.